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miércoles, 24 de abril de 2013

Al Mercado!


Había oído tan bien hablar de Mercado Provenzal de aquí de Sevilla, que cuando tuviera la primera ocasión me pasaría por allí sin pestañear. Precios baratos y buena cantidad era uno de los comentarios que había leído por ahí, y un lleno absoluto diario era lo que me habían contado. Tenía que probar ese sitio, sí o sí.

Llegó la ocasión y fuimos por la Plaza de la Encarnación buscándola. Ese día el sol hacía acto de presencia y nos vino estupendamente para poder estrenar la primera terraza para nosotros de lo que llevamos de primavera.

Dicho y hecho, el precio era el barato que me habían comentado: cerveza 0,40 céntimos, montaditos y tapas desde 0,90 céntimos. Vamos, bastante asequible para los bolsillos descosidos que andan paseamos por la ciudad.

Por lo que me había informado, en poco tiempo, se habían adueñado de la ciudad. Empezaron abriendo un establecimiento y en nada, ya van por 6 y, subiendo sin descanso.

Pedimos en la barra porque nadie quería salir -por lo visto habían escogido la idea de las grandes franquicias de ir, pedir y llevarte a la mesa-. El local en sí tenía un aspecto de taberna que no terminaba de convencerme. Aparte de ser bastante sobrio y de decoración no muy adecuada. Pero como solo estuve allí dentro un par de minutos; el tiempo de esperar a coger la bebida y marcharme a la terraza, donde el sol alimentaba el brillo de una cerveza de 40 céntimos.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Entre las torres del mar. . .

Almonte, la puedo considerar como el pueblo con una idiología superior; es decir, sabe sacar partido de lo que tiene; sino, pregunten a los habitantes de su aldea -El Rocío- y sus playas, mitad vírgenes, mitad urbanizadas. 

Pues yo me adentro en sus playas urbanizadas donde se disputan dos "barrios" el nombre de Matalascañas. Éste es el típico lugar donde la avalancha de "cosmopolitas" de ciudades andaluzas, abarrotan sus butacas en verano, triplicando sus habitantes. 

Detesto ir en esas fechas, así que me preparo para ir en fechas menos señalas donde el agua está perfecta y el ambiente tranquilo, aunque te termina cautivando. 

Me dejé caer por un restaurante -Dunas-, a pocos metros de la playa, dentro de la zona comercial del pueblo; ya había estado con anterioridad, y ese día no iba a ser menos. Iba con una amiga, así que quería que probara un plato que me encanta de ese local.

Primero noté el ambiente tenso aunque chistoso. Los camareros ese día tenían cara de no saber que hacer o estaba extremadamente aburridos. Nos sentamos en su terraza y nos vimos solo en la oscuridad de la noche.
Vino un camarero de lo más atento, aunque se le notaba en la cara que ningún alma había pasado por el local en toda la tarde. No era de extrañar; un pueblo de verano, a principios de primavera deja mucho que desear.

Pedimos unas insípidas, aunque crujientes tortillas de camarones -típicas de la zona que baña toda los pueblos pesqueros de Cádiz- que con la bebida, estaban muy aceptables.

Entre risas y conversaciones, llega a nuestra mesa dos platos que nos decían lo bueno que estarían. 

Sí, como veis en la foto, se trata de media dorada a la plancha con angulas y langostinos sobre ella; de acompañamiento, una ensalada con maíz u lombarda.

La dorada -congelada para variar- estaba demasiada hecha para mi gusto, al igual que las angulas; pero por lo demás, tanto una presentación sencilla, una vistosidad fresca y un sabor notable, todo resultó agradable para ambos. 

La próxima vez les llevaré una caña para que puedan pescar y lleven el pescado fresco a la mesa ;).

Que aproveche!

miércoles, 23 de enero de 2013

Era nuestra primera pisada en Cádiz. . .

Decidimos acercarnos a la salerosa y milenaria Cádiz -Cai para los amigos- para absorber todo lo que ella envuelve a sus visitantes, con la suerte que podemos decir que ella puso con nosotros de manera especial.

Después de pasar dos horas viendo paisajes, estaciones y dándonos el sol de lleno en la cara, llegamos rodeados de agua la tacita de plata.

Aprovechemos el tiempo para que nuestra anfitriona nos enseñara bien a fondo la ciudad de punta a punta, dejando las suelas de las botas gastadas de tanto caminar por adoquines empedrados que llegaban a cada para del océano.

Allí, en la catedral, nos acercamos a una pastelería -Casa Hidalgo- que hacía de esquina a una de las callejuelas; de la cual, nos habían hablado muy bien de sus famosos bollitos rellenos de crema de cacao y azúcar fina por encima. Queríamos averiguarlo, y no me pensaba quedar con las ganas de probarlos.

Sólo puedo decir que es uno de los dulces más ricos que haya podido probar. Con recordar esa lucha para que la crema no se saliera al darle el bocado, hizo que estuviéramos andando sin sentido, abrumado por el placer, durante bastante tiempo.


 Aún recuerdo el olor tan agradable y el servicio tan amable que vestía a la pequeña pastelería que hace esquina.

Seguimos andando y nos topemos de frente con los enormes arcos del imponente Gran Teatro Falla. El hambre nos empezaba a dar pellizcos en el estómago y busquemos algún lugar por alrededor de la plaza. Terminamos por divisar una pizzería -La Bella Italia- que estaba a unos pocos metros de nosotros, nos acerquemos; después de pensarlo, nos decidimos al fin y entremos. El hambre hacía huella en nosotros.

Nada más entras notemos como 6 ojos penetraban en nuestro cerebro para saber que pensábamos hacer; al nota tal inquisición, nos giramos y vemos como 2 camareros jóvenes y otra mujer de mediana edad -seguro que la dueña- no nos quitaban el ojo de encima. 

Le terminemos preguntando alguna mesa para comer -no íbamos a comer en el tejado- y por su simpatía no supe si obsequiarles a cada uno con una barrita de All-bran de Kelloggs, que van tan bien para ir al baño; o pensé que la simpatía se la habían dejado esa misma mañana en el retrete antes de salir de casa.


Nos acompañaron hasta una mesas y nos sentamos. Nos dieron unas cartas que tenían más grasa que una cuerda de jamón y pedimos unas pizzas -originales 100%- que, dentro de lo que cabe, se podían considerar buenas. La Pepa fue la que más me gustó.



Me parece que sólo puedo quedarme con algo positivo del sitio: el mantel tan cuco de cuadritos; me encantó.


Ya estábamos cansados de tanto caminar y nos vino la picá de buscar un lugar para sentarse. Como en la plaza de la catedral, buscar una cafetería con sitio es más difícil que aparcar encima de una veleta, pues nos metimos por algunos callejones hasta que dimos con una crèpería -El Temtenpié-.

La fachada no nos terminaba de convencer, pero como sólo necesitábamos un lugar donde sentarnos, nos pareció que con aquello bastaba. Para no hacer el feo, pedimos un café con leche y un cappuccino; algo simple pero que no todo el mundo sabe hacerlo ni ponerlo.

Nos terminaron por sorprender la manera tan majestuosa de prepararnos y servirnos la bebida que habíamos pedido. Hacía muchos años que no me habían servido el café, en la mesa, tan correctamente, como en aquel establecimiento. Y el cappuccino, como comprobaran en la foto, era un claro ejemplo de saber hacer bien las cosas sin excederse.

Lo dicho, siempre hay que intentar hacer las cosas lo mejor que se puedas  para satisfacer tus propias necesidades, al igual que satisfacer a los demás; eso sí, nunca excediéndose de los límites ni, tampoco no hacer ningún esfuerzo por conseguir nada. 

Cádiz me dejó lleno de ilusión por volver a pisarla, observarla y que me obsequie con su imponente y maravilloso conjunto de arte, historia y buen hacer de las cosas. También volveré por el bollito de crema de cacao; eso ni se pregunta!

Buena noches :)

lunes, 7 de enero de 2013

Lizarran, gusto y ganas...

Después de haber perdido nuestro ansiado medio de transporte que nos dirigía a pasar los últimos días de vacaciones en el pueblo, pensamos que hacer y se nos ocurrió la maravillosa idea de pasear por las calles de Sevilla; el tiempo nos sobraba y el día radiaba con luz propia. Y eso fue lo que hicimos. Cuando ya habíamos pateado las calles del centro de la ciudad, el gusanillo del hambre también paseaba sus diminutas patas por nuestros estómago de manera que, estuvimos pensando donde comer hasta hacer tiempo para coger el próximo autobús. Así matemos dos pájaros de un tiro: nos saciábamos del hambre y esperábamos a que llegara la hora de marcharnos.

Decidimos ir a un local que conocíamos bastante bien; pero algo con forma de letrero que invitaban a la gente a leerlas captó de pronto nuestra atención. Nos arrebató el pensamiento a cada uno y sin pensarlo dos veces, pusimos pie dentro del local. Para empezar el local nos gustó bastante, sobretodo la decoración que vestía tan llamativa y casual; con toques rústicos y urbanos a la vez. El rojo era su color predominante seguido del negro y la gran luminosidad.


Pedimos, a pesar de la falta de interés por parte de los camareros; se veía claramente la falta de ganas por trabajar; pero no los culpo, después de saber que trabajaban en una franquicia. No sé si habrán escuchado hablar sobre la franquicia LIZARRAN; nombre que yo no conocía ni tenía la menor idea de su existencia desde que probé sus pinchos y combinados que ofrecen desde hace muchos años alrededor del país. La verdad es que me importaba lo más mínimo donde estaba comiendo, únicamente quería comer bien dentro de mis posibilidades y a eso me proponía.

Para empezar podría decir que si queréis entrar al baño id con botas de agua para que no se os mojen los bajos de los pantalones y unas pinzas en la nariz para ahorraros pasar por el mar trago de oler a orina incrustada. Después pedimos dos de sus 20 combinados que ofrecen al cliente; todos con muy buenas pintas y asequibles para todos los bolsillos; mientras, nos entreteníamos picoteando pinchos que ofrecían en el mostrador. Uno de ellos estaba compuesto de dos rodajas de pulpo a la gallega con su patata cocida - algo sosa - y un trocito de pimiento de piquillo; espolvoreado con un poco de pimentón. El segundo pincho, era más simple, con un trozo de queso Brie sobre una loncha de jamón, sobre una tosta. 


Posteriormente, nos trajeron los dos combinados y sí, tenían muy buenas pintas, pero dejaban mucho que desear: se podía comprobar la visible falta de calidad/precio a lo que el plato en su conjunto percibía, además de una decoración bastante austera y sucia, literalmente dicha. Una de ellas constaba de Pollo al curry, con una salsa demasiado líquida para un plato de carne que al añadir setas, no se consiguió el sabor adecuado. 



Del segundo y último plato podemos decir que nos gustó y mejoro todos los pequeños errores que habíamos notado anteriormente. Se trataba de Huevos rotos con chistorra en un perol sobre una base de patatas fritas, que aportaban otra textura al plato. He de aclarar que el huevo venía roto, tal y como indicaba su nombre, puesto que no tenía ni yema.



Si a todo, se le suma la ineptitud y falta de ganas de trabajar de los empleados de allí; conseguiríamos una bula, que sumándole el precio tan alto que tuvimos que pagar por un servicio y una calidad tan mala; me dio que pensar el volver a poner otra vez un pie en un local llamado LIZARRAN. Aunque nunca se sabe que puede depararme el destino para volver a entrar.